Me quedé completamente desarmado al oir aquellas palabras, era lo último que hubiese imaginado. Había estado preparando mentalmente mi estrategia de seducción. Conociendo a R como la conocía sabía que tenía que empezar despacio, muy despacio y dejar que la conversación fuese fluyendo hacia terrenos más cálidos y accesibles sin crear situaciones incómodas. Sabía que cualquier palabra de más provocaría que se cerrase en banda e incluso que tomase la decisión de marcharse. Pero que ella fuese quien me propusiese aquello abiertamente y prácticamente sin preámbulos jamás había entrado entre mis cálculos.
Me había preparado emocionalmente para soportar su rechazo con la típica explicación de que era una mujer más bien fria. Incluso había hecho elucubraciones mentales sobre que aquello sería producto de la educación sexual represiva que reciben la mayoría de las niñas. Me daba ánimos pensando que en realidad ella era un ser humano que sólo necesitaba que alguien con experiencia y que la desease, como era mi caso, la guiase por el camino adecuado.
Pero con su súbita confesión consiguió que me pusiese a su mismo nivel, con el corazón latiéndome acelerado. Pero no era el deseo sexual lo que lo provocaba, sino una sensación más parecida al miedo que a cualquier otra cosa y que posteriormente no he consiguido explicarme su origen.
Hice un esfuerzo para que no se notase mi desazón y poder actuar con naturalidad porque me di cuenta que ella tras lanzar a bocarrajo su petición estaba empezando a arrepentise y a cerrarse rápidamente. Instintivamente agarré su mano y mirándola fijamente a los ojos le dije que le agradecía su sinceridad. Que como ella sabía me resultaba muy atractiva y que me hubiese gustado que aquella petición hubiese tenido su origen en su deseo de estar conmigo y no en prepararse para esta con otra persona. Y casi sin acabar la frase acerqué mis labios a los suyos.
Los noté muy calientes, supongo que fruto del rubor que se había apoderado de toda su rostro. No solo eran carnosos, como se apreciaba a simple vista, sino de una dureza exquisita que hizo que inmediatamente la sensación de pánico anterior volviese a dar paso a un intenso deseo. Saqué mi lengua e intenté introducírsela en la boca, pero noté que empezaba a ponerse tensa y opté por desplazar suavemente mis labios hacia su cara, estampando besos leves a intervalos cortos sobre sus mejillas. Me paseé así lentamente hacia arriba hasta llegar a sus párpados y cuando los besé, empecé a sentir que se relajaba. Su respiración se hizo más tranquila, y sus manos cedieron abriéndose a la presión de mis dedos.
Aproveché la ocasión, para volver a usar mi lengua son suavidad, trazando son su punta una sutil línea ascendente entres sus cejas y recorriendo el nacimiento de su pelo sobre la frente muy despacio. R había cerrado los ojos cuando le besé los pápados y no los había vuelto a abrir. Me pareció que en ese momento esbozaba una sonrisa y esto me dió ánimos para bajar lentamente hacia su oreja izquierda, la más próxima a mi, que se presentaba con un jugoso tomatillo rojo y caliente, semioculto bajo su pelo negro. Le di un pequeño mordizco en el lóbulo, del que empecé a tirar con mis dientes muy despacio hacia abajo al tiempo que disminuía la presión dejándolo escapar de mi boca. Estó provocó que inclinase suavemente su cabeza hacia mí, mientras el leve bello de melocotón que cubría su piel empezaba a erizarse. Ahora era ella quien empezó a acariciar suavemente mis dedos con su mano.
Ahora me parece increible que este leve gesto lo provocase, pero esta confirmación de hallarme en el buen camino desencadenó en mi una explosión tremenda de deseo que me hizo perder el control, soltar sus manos y explorar con mis dedos entre sus muslos bajo la falda. Ella pegó un respingo, abrió los ojos y me dijo, "creo que mejor lo dejamos, esto es demasiado rápido para mí".
Mi deseo era tan intenso en ese momento que tuve que hacer otro inmenso ejercico de autocontrol y responder simulando tranquilidad que, de acuerdo, que no teníamos que ir más lejos ese día si no quería, pero que por favor, me dejase continuar besándola un rato más. R me miró, esta vez sonriendo abiertamente, y me dijo "sí, la verdad es que me está gustando mucho" y volvió a cerrar los ojos. Yo interpreté su gesto como un ofrecimiento de su blanco cuello, al que dediqué una nueva tanda de besos livianos primero, para continuar trazando un interminable laberinto con mi lengua, después y culminar tomando pequeños bocados de epidermis entre mis dientes.
Ella empezó a relajarse de tal modo que noté como separaba sus rodillas, abriendo sus piernas bajo la falda.
maRia — 25-06-2006 13:13:43
elena — 26-06-2006 16:33:58
Otraelena — 27-06-2006 01:33:13
Azul — 27-06-2006 06:33:08
disgresor — 27-06-2006 20:35:23
najwa — 28-06-2006 14:02:38
digresor — 30-06-2006 02:33:03
jen — 23-08-2006 02:07:06