R es una amiga de la adolescencia. En realidad habíamos sido miembros de una club juvenil y fue allí donde nos conocimos. A mi siempre me había parecido guapa, no una belleza convencional, pero si con una cara de rasgos bonitos. Tenía además algo de salvaje o indomable que me resultaba francamente atractivo. Con el tiempo nos alejamos bastante, no teníamos el mismo grupo de amigos, aunque coincidiamos de vez en cuando por vivir en el mismo barrio.
Yo sabía algo de ella... lo que había estudiado, que había vivido una temporada en el extranjero para perfeccionar el idioma... y cuando la encontraba, nuestras conversaciones siempre eran cortas y anodinas. Yo siempre intercalaba, alguna alusión leve a lo atractiva que me parecía, pero R siempre reaccionaba con frialdad. De hecho era muy poco coqueta, nunca se maquillaba, jamás llevaba faldas o vestidos y siempre su ropa era muy informal o deportiva. La única concesión que hacía era dejarse crecer una larga melena negra, de pelos lisos y brillantes que le favorecía porque tenía una piel blanca, un rostro redondeado y unos labios rojos y carnosos.
Su hermana, que si mantenia una relación de amistad más estrecha conmigo, tuvo que marcharse a vivir a otra localidad por motivos de trabajo. Un día fui a visitarla en compañía de otro amigo y para mi grata sorpresa coincidimos con R. Hacía años que no la veia y noté en el acto que ella había cambiado.
La encontré de espaldas en la cocina de su hermana. Su cuerpo no era ya el de la adolescente o jovencita que yo recordaba, todas las formas juveniles habían desaparecido para dar lugar a un cuerpo rotundo de mujer. Su culo se veia claramente perfilado, ceñido por unos vaqueros elásticos. Al volverse noté que sus pechos también aparecían bien marcados tras un fino jersey de lana. Sin embargo, su cara y su pelo habían cambiado relativamente poco. Inmediatamente tuve una erección y no guardo un buen recuerdo de aquella tarde.
Estuve muy torpe. Me sentía tremendamente atraido por R, pero era incapaz de fijar la mirada en ella mientras me estaba mirando. Yo si parecía que me había quedado en la adolescencia. Fue ella en cambio quien estuvo amable y desinhibida en esta ocasión. Se interesó por mi pareja, con la que yo convivía entonces y me habló de su vida, de que había vuelto definitivamente y de que seguía viviendo con sus padres.
Lo cierto es que durante toda la semana siguiente no me la pude quitar de la cabeza. Al final me armé de valor y llamé a casa de sus padres, me dijeron que no estaba pero que le darían mi recado. Al cabo de unas horas recibí su llamada, como no viviamos demasiado lejos, la invité a tomar un café en mi piso (yo lo seguía conservando a pesar de pasar la mayor parte del tiempo en el de mi novia). Cuando llegó, me llevé una segunda sorpresa. Traía una falda, que dejaba ver sus piernas por debajo de las rodillas, los labios pintados y el pelo arreglado en una peluquería. Cuando se sentó en el sofá y la falda dejó ver sus rodillas, tuve otra vez una erección, como si fuese un adolescente que está con la primera mujer en su vida. Aquello era ridículo.
Tras el café ella rechazó tomar una copa. Nunca había bebido más allá de alguna cerveza. Me dijo que le había alegrado mi llamada porque tenía interés en hablar conmigo. Yo apenas conseguía centrarme en la conversación. Ella prosiguió de un modo un poco brusco, me parecía que quería decir algo que le costaba trabajo y se esforzaba en que su carácter salvaje, disimulado ahora por su nuevo aspecto, no volviese a salir a flote. Finalmente lo dijo.
Me expuso simple y llanamente que en el extranjero se había enamorado, que creía ser correspondida en sus sentimientos pero que había evitado a toda costa el contacto físico porque ella no había tenido anteriormente ninguna experiencia debido a que le daban miedo los hombres. Me dijo también que yo era el único hombre con el que tenía una cierta confianza y que no le parecía un obseso sexual. Que me conocía casi desde niños y que por favor,la ayudase a superar con delicadeza y suavidad ese miedo. Que el amor que sentía la había hecho afrontar la vergüenza de dirigirse a mi para pedir ayuda en esos términos. Que ella no podía volver a ver a su amado sin haber superado esa situación, que consideraba totalmente impropia de su edad. Sus palabras se atropellaban, y cuando llegó al final, su rostro había adquirido un rubor considerable y su pecho se agitaba con la respiración acelerada
elena — 23-05-2006 00:24:37
disgresor — 23-05-2006 00:35:23
Bambino — 23-05-2006 16:18:01
luces — 23-05-2006 20:37:28
Azul — 23-05-2006 22:12:02
najwa — 24-05-2006 12:01:24
judas — 26-05-2006 14:42:53